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Organización de Estados Iberoamericanos Para la Educación, la Ciencia y la Cultura |
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Informativo Iberoamericano Enero 1999 |
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Mal de Chagas: En el espacio hay una esperanza para Latinoamérica Un grupo de científicos latinoamericanos está trabajando en conjunto con la NASA en la tarea de encontrar una cura para el Mal de Chagas. La mitad de la respuesta está en la madre natura y sus secretos medicinales. La otra mitad está en la tecnología espacial y el proceso de cristalización de proteínas. |
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![]() La profesora Silvia Selpúveda explica: "Lo que buscamos es inhibir la actividad de alguna de estas enzimas del parásito con un producto que tiene su origen en una planta medicinal". . |
Por Patricia Peña, corresponsal del Servicio Informativo Iberoamericano de la OEI, Santiago de Chile, Chile. Una persona va tranquila por la vida, cuando de pronto se da cuenta que unas pequeñas molestias se transforman en una penosa enfermedad que lo llevan a tener y desarrollar en el tiempo un megahígado, un colon gigante o que su cara se llene de protuberancias y deformaciones. Entonces, ya no habrá muchas esperanzas de que el tratamiento médico logre revertir los síntomas y evitar la muerte. |
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En el peor de los casos, sólo una autopsia podría revelar la razón de la muerte: en su cuerpo se había alojado un pequeño parásito: el trypanosoma cruzi que se había nutrido de la sangre y células. ¿Cómo llegó ahí? Porque habita en un pequeño insecto: la "vinchuca", de cuya picadura nunca se enteró esa persona, porque recibió una transfusión de sangre infectada. ¿Cómo se llamaba lo que tenía? Mal o Enfermedad de Chagas. Se estima que entre 16 y 18 millones de latinoamericanos están infectados. Sólo en Chile, de acuerdo con datos del Ministerio de Salud, hasta junio de 1998 se habían registrado 188 casos. Y más allá de lo que comúnmente se cree, no sólo se da en zonas geográficas aisladas o rurales sino que cada vez con más frecuencia en áreas urbanas como la misma Región Metropolitana (donde se ubican Santiago y varias ciudades intermedias) en la que se registró el mayor número de casos en ese período. Inclusive, se estima que en Estados Unidos hay entre 50 y 100 mil infectados, la mayor parte de ellos centroamericanos. El Mal de Chagas es uno de los problemas de salud pública más graves que existe en el continente. Más allá de las campañas y programas que los países han desarrollado para informar, prevenir y sensibilizar a las personas sobre la enfermedad, sus causas y formas de transmisión, el verdadero desafío está en encontrar una cura. Actualmente, cuando el paciente está en una fase temprana de la enfermedad recibe un tratamiento de medicinas que muchas veces provocan molestos efectos secundarios que los hacen intolerables. De cualquier modo, lo único que permiten es retrasar el final. Porque en su etapa crónica, la enfermedad no tiene ningún remedio. Desde 1995, un grupo de científicos chilenos, costarricenses, brasileños, argentinos y paraguayos viene trabajando en la tarea de encontrar esa medicina, estudiando en las enzimas (proteínas) de plantas medicinales nativas, el antídoto que permita desarrollarla. Pero la respuesta no sólo está en la tierra. En febrero de 1996, la primera muestra de estas enzimas viajó en el transbordador Columbia para ver si es que la falta de gravedad facilitaba el proceso que permite conocer detalladamente su estructura molecular. Así, con el apoyo de la NASA, la idea es encontrar la otra mitad de la llave en el espacio, al someterlas a este proceso que se conoce como "cristalización de proteínas". La OEI tuvo oportunidad de conversar con una de las impulsoras de este ambicioso proyecto, sobre el trabajo que están desarrollando desde Santiago y lo que se ha logrado hasta ahora, aunando todas las fuerzas comprometidas en el desafío. La profesora Silvia Sepúlveda, bioquímica, titular de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Santiago de Chile, se ha dedicado en los últimos 16 años a estudiar cómo encontrar una salida al laberinto de este mal. Buscando el antídoto para dar en el blanco El pequeño enemigo (trypanosoma cruzi) es un parásito que funciona muy parecido a como lo hace el hombre: en su interior tiene enzimas o proteínas específicas que lo protegen de cualquier proceso de envejecimiento y muerte celular (proceso de oxidación). Cuando se logró saber cómo funcionaba el organismo de este parásito, un camino lógico a seguir era lograr terminar con ese mecanismo que le permite vivir. La profesora Silvia Selpúveda explica: "Lo que buscamos es inhibir la actividad de alguna de estas enzimas del parásito con un producto que tiene su origen en una planta medicinal". El grupo que dirige la doctora Sepúlveda en la Universidad de Santiago está trabajando con la Trypanothion Reductasa (TR), que protege al parásito de este estrés oxidativo. Paralemente, tanto en Chile y en Costa Rica, que participan a través de la Escuela de Agricultura de la Región Tropical Húmeda (EARTH), el Instituto Nacional de la Biodiversidad (INBÍO) y la Universidad Nacional de Heredia han estado recolectando y estudiando diversas plantas medicinales nativas con la esperanza de dar con aquella que resulte efectiva. En general, se trata de especies tropicales o con reconocidas cualidades antiparasitarias. "De éstas, encontramos en Costa Rica una especial, la Murseba Simaruba (nombre común: Indio desnudo), que tiene una fracción muy activa, capaz de dividir a la enzima TR. En este momento tenemos el compuesto semipurificado, porque ha sido más difícil tener la estructura y los componentes del antídoto inhibidor que del parásito. No esperábamos que fuera así." También en Chile se ha encontrado una especie nativa que en distintas pruebas y ensayos ha funcionado bien como inhibidor de la TR, pero su nombre permanece como un sano secreto de investigación hasta que sea el momento adecuado. Cada una de las partes involucradas en este proyecto internacional trabaja tratando de jugar las piezas correctas en un ajedrez que debe combinar las tareas de ubicar y recolectar las plantas, preparar extractos para los continuos ensayos y pruebas enzimáticos, realizar el procesamiento de las muestras y aislar nuevas enzimas del parásito que puedan ser estudiadas en su estructura. Mientras más extractos de plantas se estudien más posibilidades hay de encontrar distintos tipos de medicamentos. "En el caso del Mal de Chagas, es necesario tener distintos tipos de medicamentos porque muchas veces habrá personas que son alérgicas o intolerantes a algunos compuestos. Inclusive, se está comenzando a trabajar también con extractos de enzimas de otros insectos o algas", aclara la profesora Sepúlveda. Todas estas investigaciones de laboratorio sirven para elaborar una especie de receta de un probable antídoto. Los distintos ingredientes encontrados son ingresados en una base de datos computacional que ya tiene registrados los componentes y estructura de la enzima enemiga. Las reacciones a escala que se producen en esta simulación servirán de modelo o base para ir desarrollando las distintas fórmulas finales. "En algunos casos, de los miles de compuestos que se puedan ingresar, menos de la mitad de ellos pueden provocar esa reacción y servir de base para un modelo. Pero siempre hay que tener en cuenta que en la realidad esa capacidad inhibitoria que muestran en el computador puede no ser tan potentes", explica la especialista chilena. A pesar de que hasta aquí todo parece fácil y sencillo, la inevitable necesidad de saber cómo es la estructura de las enzimas inhibitorias es lo que gatilló el trabajo con la NASA y la conformación final de este equipo multinacional de especialistas. "Este es el proyecto que andaba buscando la NASA" Para conocer la estructura de una enzima o proteína, es necesario cristalizarla, y para esto se las somete a una "difracción por rayos x". Proceso que permite separar de manera detallada y muy precisa cada átomo en cada molécula. Y es ahí donde se genera el gran cuello de botella para una investigación de este tipo. "Para hacer la difracción por rayos x, se necesita de un cristal bien formado y de un tamaño adecuado. En la tierra, las proteínas cristalizan, o muy lento, o no lo hacen nunca o con muchas imperfecciones por la acción de la fuerza de gravedad. Pero resulta que es en el espacio donde este proceso resulta muy bien", dice Silvia Sepúlveda. Y es ahí donde empieza la historia de todo este cuento. Esta bioquímica chilena estuvo por 16 años en Alemania, y en los últimos seis se dedicó al tema de bioquímica de enfermedades parasitarias en la Universidad de Heidelberg. Uno de sus colegas se pasaba horas en el microscopio tratando de cristalizar a la enzima causante del Mal de Chagas, usando los más variados métodos existentes sin que pasara nada. A su regreso a Chile, la profesora fue invitada a una charla magistral del astronauta y médico de la NASA Franklyn Chag-Díaz, en plena 2ª Conferencia Espacial de Las Américas, que se realizó en Santiago, en 1993. El tema era, precisamente, la cristalización de proteínas en el espacio. Ahí se dio cuenta que había una tremenda oportunidad para avanzar en el tema. ¿Por qué? Al no haber fuerza de gravedad de por medio, el proceso de cristalización en el espacio minimiza los riesgos de que ocurra algo que desequilibre todo. Y el resultado serán cristales más uniformes y con menos defectos. Algo imprescindible a la hora de determinar de qué y cómo está compuesto algo. "Silvia, ese es el proyecto que la NASA andaba buscando", recuerda que le respondió Chang Díaz. A partir de esto, el compromiso fue mutuo. Por un lado, había que formar una red latinoamericana de investigadores para llevar la mayor cantidad de muestras posibles al espacio, y por otro, era clave conseguir el financiamiento y el apoyo de la NASA. En Chile, el equipo se completó con la presencia de la profesora Sara Aguilera, física de la Universidad Católica del Norte, quien se abocó de pleno al tema de la cristalización de proteínas en el espacio. Tres muestras han sido enviadas al espacio desde entonces: en febrero y mayo de 1996 y en abril de 1997. "En el experimento que se envió en febrero del 96, las proteínas estuvieron sometidas a la cristalización por 16 días, y aunque no se consiguió obtener el tamaño adecuado para realizar los análisis sí ocurrió en menos tiempo que lo que toma en tierra. Ahora estamos ansiosos que la Estación Espacial Internacional se lleve a cabo porque eso permitirá tenerlas por mayores períodos de tiempo y, entre tanto, que se mejoren las técnicas de cristalización en el espacio. Sabemos que si el tiempo que permaneciera el experimento en el espacio fuese más prolongado de 100 proteínas que llevemos, las probabilidades son que funcione con 40", explica la profesora. En todo caso, la NASA les ha confirmado la prioridad N°1 que tiene el Equipo Chagas para las misiones del año 2000. Ahora, la meta más urgente del grupo es tratar de purificar el mayor número de extractos de plantas posibles. En el camino recorrido, el proyecto ha permitido orientarse hacia otras áreas claves en el tratamiento de la enfermedad de Chagas. Por ejemplo, el profesor Ricardo Calderón, en la Universidad de Santiago, está desarrollando un estudio sobre lo que ocurre con la infección cuando penetra en la masa cerebral. Y paralelamente, la experimentación con plantas medicinales ha permitido orientar el trabajo hacia otras enfermedades como la malaria, que afecta a menos de 20 millones en el mundo. En este caso se ha logrado aislar la enzima del parásito que la produce -la glutateon reductasa-, y una planta chilena ha resultado positiva en los ensayos que buscan probar su capacidad inhibitoria. "Si bien en este caso existen vacunas, el parásito se hace resistente a ellas, o muchas veces las personas no siempre las toleran y provocan serias reacciones alérgicas", explica la bioquímica chilena. "Los puntos cardinales son tres: el Norte y el Sur" escribió una vez el poeta chileno Vicente Huidobro. Algo parecido es lo que se está escribiendo a lo largo de esta historia. El final (ojalá feliz) está a mitad de camino entre las ganas de un grupo de especialistas como Silvia Sepúlveda, el silencio de las estrellas y la sabia madre natura. OEI. |
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