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Servicio Informativo Iberoamericano
Noviembre 1998

La cooperación gana una batalla contra la extinción piscícola en el Lago Titicaca

Bolivia ha suplido eficientemente su condición de país mediterráneo, por lo menos en cuanto a producción piscícola para consumo interno, recurriendo, inicialmente, a la gran variedad y abundancia de sus ríos en el oriente y sur del país, y luego, explotando los recursos piscícolas de sus lagos y ríos en el altiplano y la cordillera.


Estas microempresas también han diversificado sus actividades y ahora no se dedican sólo a la crianza de truchas.

Por Fernando Escóbar Salas, Corresponsal del Servicio Informativo Iberoamericano de la OEI, La Paz, Bolivia.

La explotación irracional, primero, y luego la falta de políticas adecuadas de control ambiental, contribuyeron para que hace un par de décadas declinara la producción piscícola del Lago Titicaca, el más alto del mundo (3.850 m.s.n.m.) y cuya soberanía comparten Bolivia y Perú, hasta menguar su producción a niveles alarmantes.

Para entonces, la diversidad piscícola había visto desaparecer por lo menos unas cinco especies que, en la actualidad, han quedado extinguidas; sin embargo, el caso más preocupante fue la paulatina desaparición de la trucha, especie que, en gran cantidad, poblaba las azules aguas del Lago, creando bonanza entre los pescadores de las extensas orillas.

Hasta hace unos veinte años era muy frecuente ver los mercados abarrotados de truchas de gran tamaño (hasta de un metro de largo), cuya calidad de carne no dejaba que los consumidores extrañaran la falta de especies marinas que, para entonces, sólo podían comerse rara vez, debido a las malas condiciones de los caminos que llegaban hasta las costas del Océano Pacífico y que impedían un fluido comercio.


Llega la ayuda

En 1988, ante esta situación crítica, el gobierno boliviano inició gestiones con su homólogo japonés para solicitar una ayuda técnica que asesorara en los procesos técnico-científicos, a fin de lograr el repoblamiento de trucha en el Lago Titicaca.

La ayuda llegó con expertos japoneses que se pusieron manos a la obra para la instalación de un centro de producción de trucha de la variedad Arco Iris y la del adiestramiento de piscicultores bolivianos interesados en desarrollar esta industria. Los primeros, al establecimiento de una veintena de pequeñas empresas constituidas por campesinos y pescadores de la región y, después, a la importante cantidad de trucha y derivados que vienen produciendo, en algunos casos, inclusive, para la exportación.

Pese a que en la actualidad no se comercializan truchas de hasta un metro de largo, por razones de rentabilidad, los mercados tradicionales se han vuelto a llenar de trucha Arco Iris que ahora compite en igualdad de condiciones con la abundante producción de otras especies fluviales que son traídas desde la parte oriental y del sur del país, especialmente del Beni y del Chaco tarijeño.

A volar solos

El éxito de la cooperación japonesa permite, diez años después, dar independencia al Centro de Desarrollo Piscícola del Altiplano, entidad que se manejaba bajo una administración directa, aunque continuaba recibiendo el apoyo económico del gobierno del país asiático a través de la agencia de cooperación JICA, que convirtió a éste en su proyecto "estrella".

Ahora, las empresas o grupos familiares que han comenzado a producir por su cuenta, recibirán, adicionalmente, de este Centro, apoyo en materia de investigación y desarrollo tecnológico que coadyuve al trabajo del sector productivo, no solamente en el Lago Titicaca, donde han instalado jaulas o estanques, sino también en lagunas ubicadas en diversos sectores de la Cordillera de Los Andes.

Estas microempresas también han diversificado sus actividades y ahora no se dedican sólo a la crianza de truchas, sino que han extendido su labor a la producción de alimentos balanceados, la inseminación artificial, producción de ovas, alevinos, smolts y aparejos para el desarrollo de nuevas industrias. Además, algunas han comenzado a rescatar otras especies lacustres en peligro de extinción, de tal forma que el trabajo integral de la propia población de las comunidades lacustres viene generando, en la actualidad, nuevas fuentes de trabajo y mejores condiciones de vida.

El reverso de la medalla

Sin embargo, no todo es bonanza en la producción piscícola boliviana. El desarrollo de industrias en regiones orientales del país ha comenzado a emitir su factura contra el ecosistema, al extremo que ya son varias las informaciones que se han registrado en los últimos cinco años en torno a verdaderos desastres ecológicos producidos por la contaminación de las aguas de los ríos en los cuales se viene produciendo una gran mortandad de especies piscícolas.

Los desechos tóxicos vertidos en los ríos por la industria azucarera, en unos casos, o por el narcotráfico en otros, han comenzado a matar gran cantidad de peces en los ríos del oriente, al extremo de que las autoridades gubernamentales han iniciado investigaciones serias para dar con los responsables e iniciar las acciones legales correspondientes.

Los ríos de la Cuenca Amazónica son especialmente ricos en especies como el surubi, el dorado, el pacu y otras cuya pesca asegura el alimento de miles de familias asentadas en sus márgenes, además de que la pesca racional genera permanentemente fuentes de ingresos, inclusive a poblaciones selváticas que se dedican a su explotación. El movimiento económico que gira alrededor de esta actividad es grande, pues de ella dependen pescadores, rescatadores, transportadores, comercializadores y otros sectores que, de una u otra manera, se vinculan con ella. OEI.

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