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Iberoamericanos

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Para la Educación,
la Ciencia
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Servicio Informativo Iberoamericano
Septiembre 1998

Víctor Delfín

La trayectoria de un artista

Víctor Delfín es, sin lugar a dudas, una de las figuras de la plástica peruana. A través de esta entrevista podemos acercarnos a observar parte de su trayectoria, caracterizada por dos apuestas, su país y la libertad. Su vida y su obra hablan de un gran entusiasmo por asimilar las culturas precolombinas, las artesanías populares y de un constante esfuerzo por generar opinión en torno a temas de educación y democracia.

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A la izquierda, el maestro Víctor Delfín en la exposición que realiza actualmente en la Sala de Exposiciones de la OEI, Bogotá, Colombia.

Por Claudia Bayona, Corresponsal del Servicio Informativo Iberoamericano de la OEI, Lima, Perú.

CB. ¿Cuándo empieza su carrera el maestro Delfín?

VD. Para empezar, el arte no es una carrera, carrera es la abogacía, la medicina, que se estudian en una universidad, pero de un artista difícilmente puede decirse que tiene una carrera artística, porque de nada sirve que gane en una Bienal, si en cinco o seis años aparece un artista con mucho más talento que, precisamente, hecha por tierra toda la propuesta. Fíjese usted cuántos ganadores de bienales ha habido en estos últimos treinta años, y ahora, ni se les menciona.

CB. Entonces, para ser más precisos, ¿en que momento usted reconoce su talento y empieza a cultivarlo?

VD. El arte es una pasión y esa pasión nace con uno, nace como ser sordo, como ser mudo, es algo que viene en los genes, qué sé yo porque, analizando un poco, digo que las taras se heredan, pero los talentos no. Los descendientes de Mozart o Picasso no tienen gran talento, al menos que sepa. Es una cosa bastante misteriosa de la naturaleza, un capricho, algo que se apodera de uno, y que, aunque uno quisiera no hacerlo, es tan fuerte esa pasión, que uno es capaz de sacrificar a su familia, a sus parientes, a su hogar.

CB. ¿Y en su caso?

VD. Bueno, yo nací con esa inclinación muy fuerte. Cuántas tentaciones ha habido en el camino para ejercer la pedagogía o para dirigir iniciativas en el sector público, pero siempre he rechazado eso porque más fuerte ha sido mi pasión por el arte con todas las implicancias, como no tener plata para comer, vivir a salto de mata, no tener para pagar la pensión de un cuarto, huyendo de madrugada con la maleta por no tener para pagar el alquiler. Esas cosas son parte de nuestra vida y yo sigo en ese mismo ritmo, no me interesa el dinero, no tengo cuenta bancaria.

CB. Respecto a su formación ¿qué puede contar?

VD. Yo tuve la suerte de ingresar a la Escuela de Bellas Artes en el mejor momento. Había dibujado desde muy chico, dibujaba mucho y tengo un hermano sordomudo y nos comunicábamos con imágenes, era muy divertido. Eso, tal vez me impulsó un poco y, además, mi padre estimulaba eso, me daba material, él era obrero, pero le gustaba esa cosa graciosa que hacía su hijo, esos monigotes. En el pueblo donde nací y me crié, en El Alto, en una compañía petrolera, me signaban como el artista, el dibujante. Cuando tenía 14 años, un profesor, Eduardo Jibaja, le dijo a mi padre -oye, este chico no debería hacer otra cosa, no habla más que de arte, dibuja todo el tiempo, lee de arte, por qué no lo pones en una escuela de arte-. Entonces, mi padre se sintió muy halagado de que uno de sus hijos iba a ser artista, todo lo contrario de la mayoría de la clase media que rechazaba esa posibilidad, rechazaba lo que ahora es una moda. Ingreso a la Escuela de Bellas Artes, donde me encuentro con un mundo de locos como yo, que tenían grandes talentos y ahí conjugamos ideas. Había becas que no eran de beneficencia, sino para quien rendía más, aprobé un examen y así fui becado durante 8 años.

CB. ¿De qué año habla, calculo que en la década del cuarenta?

VD. Eso fue en el 46. Yo llegué exactamente en enero de ese año e ingresé a Bellas Artes en abril. No me desprendí de la beca y trabajaba como un loco para no perderla. No era una gran beca, pero me permitía comer y pagar una habitación.

CB. Preguntarle por los éxitos le causa cierta molestia, pero, ¿en qué momento llegan?

VD. Ese asunto de la fama y todo eso no tiene nada que ver con esta pasión. Yo me acuerdo que me sentía bien en la Escuela, ganaba los concursos como todos mis colegas, que éramos 30 entre 300 ó 400 y llega el momento en que, estando en la Escuela, gano el premio nacional Ignacio Merino, el premio más alto que se daba en ese momento en pintura y era una suma fabulosa para aquella época que nos permitía a algunos irnos a Europa. En fin, yo me quedé, me quedé por el consejo del profesor Alejandro González, que me dijo que yo era una persona que tenía la capacidad para asimilar la cosa de las culturas precolombinas, de las artesanías populares, y como era mi maestro, la persona en la cual yo creí, le tenía mucho respecto, éramos grandes amigos, dije, este hombre tiene que tener alguna razón para decirme esto -si se va usted, me dijo, va a ser uno más de los pintores que hay allá, pero qué hay del arte que nace de este país, de esta cultura milenaria.

CB. ¿Es la decisión de quedarse en el Perú lo que le reporta el éxito?

VD. La realidad es que pasaron varios años. Como necesitaba ganar dinero, acepté la Dirección de la Escuela de Bellas Artes de Puno. Estuve allí un par de años y luego me mandaron a Ayacucho otra vez a asumir tareas administrativas. Eso me generó muchos conflictos, no podía pintar, me sentía muy mal hasta que me botaron del puesto y, felizmente, organicé una exposición, vendí unos cuadros y con ese dinero me fui a Chile y ahí vi que el mundo del arte es una cosa en la que si no te dedicas con manos y uñas no llegas a ninguna parte. Regresé al Perú con la firme convicción de dedicarme exclusivamente a esta tarea y empecé a trabajar fuerte, obsesionado como un loco, con muchas deudas, sin comer a veces, con familia que mantener. Y de pronto, como Lima es una ciudad de chismosos, se pasó la voz que Delfín estaba haciendo cosas interesantes. Yo tenía 35 años y empezaron a lloverme propuestas para exhibir en una galería, luego en otra, aunque yo nunca he pedido galerías.

CB. ¿A qué se refiere, no le gusta exponer?

VD. No, a mí me molesta esa cosa porque no hace más que crear conflictos y, además, los galeristas, en general, son muy desconsiderados, creen que ellos saben más que los artistas, se creen los dueños de la creación, te dicen -mejor sigue haciendo esto o aquello porque es lo que más se vende-, es increíble. Uno no pinta para vender, pinta por placer. Hay artistas que caen en la trampa y empiezan a hacer tal o cual cosa como receta, fabrican cuadros.

CB. ¿Tiene la misma opinión de la crítica?

VD. Por supuesto, imagínese a Rembrand preocupándose por lo que digan de él.

CB. Volviendo a los éxitos, su obra empieza a ser conocida a partir de los grandes retablos.

VD. Claro, en ese momento yo estaba haciendo escultura, fueron los primeros retablos y era novedoso para el medio, porque nunca se había explotado el arte popular, ni se había hecho como arte la caja de retablo de San Marcos, tan peculiar del departamento de Ayacucho, y tuvo un éxito increíble. Con ese dinero empecé a trabajar con bronce, con fierro e hice el Bestiario, que también conmocionó a Lima. Eran todas las bestias, animales tremendos, eróticos, fuertes, agresivos, y eso se vendió. Ahí empezaron las invitaciones, las bienales, el éxito ha salido como una madeja que el azar dispuso. Hay gente que tal vez se decide con mayor profundidad que yo y no tiene la suerte. Yo atribuyo mi éxito al azar, que juega un papel muy importante en nuestra vida.

CB. Gran parte de su trabajo se caracteriza por la crítica y la protesta ¿esto a que obedece?

VD. Bueno, vivimos en un país muy conflictivo, si viviera en Suiza o en Suecia, donde las cosas están más o menos arregladas, sería ridículo hacer una cosa así, pero aquí siempre se tiene la idea de una posible democracia, la idea de una posible vida civil, pero siempre están los militares detrás del proceso y todos sabemos esto qué significa. Es como un árbol que quiere crecer pero hay una fuerza poderosa que se lo impide. Ahí, a uno le dan ganas de protestar. Es el clima ideal para protestar. La obra de todo artista que se involucra en los problemas de su país no es más que eso. La frivolidad nunca ha sido mi fuerte y, curiosamente, hace 30 años que no expongo en el Perú y soy uno de los artistas más conocidos.

CB. ¿Y cómo hace actualmente el que no está en vitrina?, ¿como que difícilmente logra vender inclusive en cualquier actividad?, finalmente, usted vive del arte.

VD. Bueno, la gente me conoce y me pide obra, no necesito de las galerías. Yo voy a las muestras colectivas más humildes, donde están los estudiantes. Yo estoy con los marginados. En los pueblos, cuando son artistas que recién comienzan, ahí me gusta estar, ahí voy encantado de la vida. Pero cuando me dicen que voy a exponer aquí, allá, que vas a ir a Estados Unidos, a París...

CB. Pasando al proceso de creación ¿la inspiración nace de una idea, un poema, una situación, en fin, qué marca este proceso?

VD. Todo es motivación. Los animalitos haciendo el amor producen un efecto extraordinario que invitan a graficarlo; la sonrisa de una mujer invita a hacer un cuadro; la página de una atrocidad cometida por los uniformados produce un grabado de protesta. Una flor, un colibrí producen una joya. Sólo hay que estar atento, con las antenas limpias para percibir y uno está siempre en esas.

CB. Y sus antenas ¿siempre están percibiendo animales, hay como una atracción especial por ellos?

VD. Por supuesto, los animales me llaman a un juego, me encantan, sobre todo las aves. Si yo tengo que hacer un retrato suyo, tengo que dibujarla bien, hacerle los ojos donde están porque no soy Picasso, pintarle el tono, la atmósfera que usted irradia, el espíritu, pero cuando pinto un pájaro, puede tener un ala más, un color más, puede ser de cabeza más pequeña y un cuerpo inmenso, de unas alas descomunales, no hay medida, hay libertad.

CB. ¿Esa libertad también se expresa en los materiales, tamaños y formatos.? ¿Usted utiliza piedras, maderas, metales, cualquier tipo de soporte?

VD. Si existe alguna receta, yo diría que todo se puede utilizar. No hay material noble ni material malo. Por ejemplo, en la tapa de un inodoro puedo hacer algo, le pongo un par de cosas, pinto en su superficie y ya está. Yo no creo que esto sea obra de arte, en absoluto. Pienso que son experimentos. Hay que dejarse apoderar de ese demonio que es la creación y estar siempre en eso. Las piedras, por ejemplo, las encuentro en el acantilado, las recojo y hago de todo, racimos de uvas, después armo un bodegón, una naturaleza muerta. Las maderas que están tiradas también las recojo, me sugieren algo, desde niño he sido así, mi imaginación jugaba con las cosas y eso no lo he perdido.

CB. A pesar de esa gran dosis de imaginación su obra es bastante realista.

VD. Claro, no nos podemos sustraer de la realidad, la realidad pesa sobre nosotros de una manera muy fuerte, por ejemplo, la lluvia que está cayendo últimamente en Lima nos crea una manera de pensar y de vivir distinta. Ya no somos los de ayer, ahora estamos permanentemente pensando en cuánta gente se quedará sin techo. La mentalidad empieza a agudizarse para resolver este problema y la vida no es más que eso, resolver problemas todos los días.

CB. ¿De qué manera piensa usted que contribuye a resolver problemas?

VD. El arte es una manera de manifestar una intención; yo no creo que podamos cambiar el mundo, ni que la voluntad de un hombre pueda hacerlo, pero si podemos tener la gran ilusión del cambio. Esa gran ilusión tenemos que llevarla adentro y hacer que se haga carne y expresarla, transmitirla y contarla. Que se generalice, que tome cuerpo, que se haga una especie de conciencia. Yo creo que esa es la búsqueda más maravillosa.

CB. ¿Su esfuerzo va más allá de la obra de arte? ¿hace algo más que plasmarla en un cuadro o una escultura?

VD. Bueno, yo converso mucho con los artistas que se inician; converso mucho con los artistas de provincia; también tengo la satisfacción de tener un auditorio juvenil que me escucha, que viene a mi casa y con quienes comparto inquietudes de todo tipo. A mí me interesa que haya una reacción frente a lo que ocurre en el país, y los estudiantes de diversas universidades me dan la oportunidad de ser escuchado, y los congresistas me mandan sus informes sobre educación, y yo convoco a los alumnos. Soy como una especie de puente, y eso me parece que es para lo que debe servir el prestigio, la fama y esa tontería, no para usarla en los salones o para pasearse, esa es una inmadurez.

CB. Finalmente maestro ¿qué está haciendo actualmente?

VD. Bueno, ayer he entregado una escultura enorme de dos cóndores para una plazuela que se llama así. También estoy pintando, estoy arreglando una verja, todo a la vez. Mire, yo no puedo dejar quietas mis manos ni quieto mi cerebro, a veces, parece que va a estallar, yo le digo a mi mujer -parece que va a salir humo de mi cabeza-, tengo una idea, y hasta que no la empiezo a concretar, no estoy feliz. Ella tiene una gran paciencia y me consigue el material, y ella goza también de eso, de esa manera participa de la creatividad.

CB. ¿Contribuye a mantener la creatividad el hecho de vivir frente al mar?

VD. Bueno, el mar es una constante, yo nací frente al mar y uno no hace más que repetirse. Yo me siento un chico, un chico suertudo, vivo frente al mar, me gustan los mariscos, me gusta ese olor que tiene el mar, me gusta ver las olas. Todas las mañanas me levanto a las cinco de la mañana cuando no hay nadie más que el rumor de las olas, qué maravilla, ¿qué más puedo pedir?, ya con eso está justificado todo, ya lo otro es faena y hay que hacerlo porque uno está acosado por una cantidad de exigencias, pero la mejor terapia es el arte, uno se pone a hacer sus cosas y se olvida de la miseria humana. OEI.

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