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Para la Educación,
la Ciencia
y la Cultura

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Servicio Informativo Iberoamericano
Octubre 1999 (2)

Chile

Los valores en la educación, nuevas formas de vivirlos y enseñarlos en la sala de clases

Es precisamente esta Sociedad de la Información la que reclama un modelo de educación que profundice en los valores democráticos, porque ella supuestamente vendría a ser la más democrática de todas las sociedades, al repartir la información en tantas cabezas como personas. Pero en la práctica esto no es así. Esta sociedad muestra tendencia a la homogeneización, al pensamiento único o de las mayorías, lo que puede eliminar las singularidades humanas y de sus colectivos. Ahí la educación en valores debe estar atenta a la conservación de los niveles de heterogeneidad tanto en el pensamiento como en las culturas, afirma experto.

Aspecto del acto de inauguración del Seminario "Educación en Valores y Formación del Profesorado"
De izquierda a derecha, Eugenio Rodríguez, director de la Oficina Técnica de la OEI en Santiago, Jesús González, Rector de la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación, y Eduardo Castro., asesor del Ministro de Educación de Chile.

Por Patricia Peña, corresponsal del Servicio Informativo Iberoamericano de la OEI, Santiago de Chile, Chile.-

Las Reformas Educativas puestas en marcha en los diversos países latinoamericanos han puesto a la Educación en Valores como eje clave del proceso de cambio en la forma de educar y aprender para propiciar desde la escuela la formación de ciudadanos conscientes de sus derechos y deberes, que sean protagonistas del progreso personal y general de la región. Por ello, es importante desarrollar acciones que enriquezcan los conocimientos y la experiencia de los educadores, tanto en formación como en ejercicio.

En desarrollo de este propósito, más de setenta profesores asistieron al Seminario "Educación en Valores y Formación del Profesorado" que se llevó a cabo recientemente en Santiago de Chile, durante el cual compartieron las reflexiones de varios académicos internacionales, expertos internacionales en Educación en Valores.

¿Qué hace un profesor cuando siente que sus alumnos se vuelven menos tolerantes entre ellos ? ¿Cómo debe actuar un profesor a la hora de plantear un debate entre sus alumnos sobre asuntos complejos como el aborto? ¿Qué están queriendo decir los niños cuando a través de sus palabras y conductas, demuestran su incapacidad de dialogar o de solucionar conflictos? ¿Y qué pasa con los padres y las familias? Preguntas en busca de respuestas y de un camino que llegue a buen término.

A pesar de aquellos que pregonan haber perdido la fe en la escuela como lugar y agente de cambio en la forma de ser de niños y jóvenes que a lo mejor no crecieron en el mejor de los ambiente sociales o familiares, los diversos Programas Nacionales de Educación en Valores en Iberoamérica, la preocupación generalizada de autoridades educativas, los directivos, los profesores, los padres de familia y los alumnos por este tema, así como el inmenso interés que suscita este tema, demuestran que todavía existen las ganas y la ilusión de encontrar formas cada vez mejores de enseñar y aprender a formar jóvenes integrales con alta responsabilidad social. Ese fue el espíritu que congregó a representantes de 18 universidades chilenas con directa responsabilidad en la formación de los futuros docentes.

Educar en Valores es una tarea nada fácil cuando se compite con la televisión donde los mensajes y contenidos les invitan al consumo antes que a la solidaridad, a la perfección antes que a la aceptación de los límites de cada uno. Ni menos cuando la propia familia o el grupo de amigos con que se convive a diario, no reflejan o practican actitudes justas o solidarias.

Los académicos españoles Miquel Martínez y María Rosa Buxarrais, se esforzaron en el Seminario por "aterrizar" la teoría a la práctica en la sala de clases, e hicieron énfasis en la necesidad de comenzar con una mirada autocrítica del propio profesorado y el impacto de la Educación en Valores en la vida diaria de cualquier comunidad escolar. De acuerdo con los expertos, primero debemos definir ¿de qué valores se habla? Capacidad para conocerse y entenderse a sí mismo, para dialogar con los otros, para actuar y transformar lo que no nos agrada, para comprender en profundidad lo que ocurre a nuestro alrededor, para ponerse en la piel del otro, para estar y vivir con los demás, para pensar y actuar en consecuencia.

Estas ocho características resumen los distintos procesos en los que la llamada "personalidad moral" de cada uno de nosotros va tomando lugar en la medida que crecemos y maduramos. Por cierto, ninguna de estas cosas se puede enseñar como quien enseña las tablas de multiplicar. Son parte de la información que recibimos del mundo desde nuestros primeros días de vida.

De qué estamos hablando, entonces, cuando hablamos de educar en valores. Esa fue la pregunta con que Miquel Martínez abrió este Seminario. En su concepto, hay un problema de confianza en que la escuela realmente sea capaz de modificar las condiciones que a veces la familia o los medios de comunicación provocan o generan. Es cierto que los valores y los antivalores los aprenden los niños y los jóvenes más bien del medio en que viven a diario que de la escuela. Pero la escuela tiene un poder controlador alto mucho más de lo que nosotros generalmente creemos.

Educar en valores es no tanto centrarse en qué valores transmitir - porque eso sería algo más bien fácil en lo que ponerse de acuerdo - sino en qué condiciones debe reunir la escuela para que la persona -que es parte de ella- pueda aprender valorando las cosas que en principio estimamos como tal, construyendo su propio sistema de valores. Lo que no quiere decir valores nuevos, sino que organizarlos o priorizarlos de una manera distinta, singular, según lo que siente cada uno que debe ser su opción.

Martínez agrega que es posible transformar las condiciones de la escuela para que sea un lugar de aprendizaje para la vida y de los valores que una sociedad pluralista debería promover: el diálogo, el debate, el respeto a la persona, a su autonomía, la aceptación del otro con igualdad de condiciones que uno mismo, la búsqueda de un bien común.

Según el profesor, la escuela ha enfrentado el tema de los valores desde dos perspectivas tradicionales: uno más bien cerrada en el que estaban muy estáticos los valores a transmitir, y otro de reacción en el que se ha entendido que esto de los valores es algo de la persona, algo más bien individual donde cada uno escoge lo que le parece más valioso y, por tanto, no sería necesario entregar criterios de actuación que ayuden a guiar el proceso de formación de los alumnos de saber optar y captar los valores presentes en situaciones complejas, contradictorias o de conflicto.

"La primera es más bien una especie de adoctrinamiento valórico que no favorece la autonomía de la persona ni su construcción singular, la otra parece ser que fuera de mucha libertad pero que deja indefensos a los de siempre, a los que no tienen la capacidad para imponerse con su argumento a la opinión de otros o de los que dependen emocionalmente de otros. Por ejemplo, el modelo por el que nosotros caminamos pretende establecer unos criterios mínimos en torno a los cuales es posible ayudar a formar a la persona moralmente", asegura.

El ideal es que el alumno pueda interactuar con otro tipo de agentes y situaciones como la familia, las iglesias y los medios de comunicación de una forma singular y crítica. Si eso se logra, habría unos mínimos que potenciar. Esto significa que la vida en la escuela también debe estar presidida por el respeto a la autonomía de la persona, el cultivo del diálogo y la educación para una tolerancia activa: el reconocimiento y aceptación del otro, el implicarse en proyectos colectivos. Estas tres cosas, al margen de opciones de valor de mayor nivel, deberían ser los que cualquier escuela garantizara. Luego habrá el juego natural de ofertas de valores hacia un máximo, que son promovidos desde distintos agentes sociales. Pero ya ahí ese niño y ese joven se sentirán más preparados para construir y negociar de una manera más crítica y más singular", explica Miquel Martínez.

Si el desafío parece ya enorme, cuando se está educando a niños y jóvenes que viven en un medio social o una cultura que fomenta lo contrario, el reto se complica más al considerar cómo escuelas y colegios se integran cada vez con mayor intensidad a las redes de la llamada Sociedad de la Información.

Atención a la singularidad

Sobre este punto Miquel Martínez dijo: "Precisamente es esta Sociedad de la Información la que reclama un modelo de educación que profundice en los valores democráticos, porque ella supuestamente vendría a ser la más democrática de todas las sociedades, al repartir la información en tantas cabezas como personas. Pero en la práctica esto no es así. Esa Sociedad de la Información va a continuar con zonas de exclusión muy potentes, no geográficas sino que, dentro de nuestras mismas ciudades, se reúnen en sí las distintas formas de vivir la pobreza y la riqueza en el mundo. Creo que se trata de una sociedad en la que la tendencia a la homogeneización, al pensamiento único o de las mayorías puede eliminar las singularidades humanas y de sus colectivos. Entonces, ahí la educación en valores debe estar atenta a la conservación de los niveles de heterogeneidad tanto en el pensamiento como en las culturas. Y esa también es una forma de crecer".

Por eso la importancia de discutir y planificar un proyecto educativo en valores que no sea sinónimo de un manual de reglas y normas, ni que se quede como un documento 'bonito'. La apuesta es generar programas o metodologías que comprometan el tema de lo valórico en la práctica cotidiana de la escuela. La posibilidad de cambiar el trabajo en equipo de los grupos docentes, de ampliar la mirada de los profesores frente al tema, de mejorar sus prácticas y herramientas educativas y de aprovecharlo como una oportunidad para movilizar a todos los miembros de la institución, desde la dirección a los auxiliares alrededor de este eje central, a pesar de que no todos se sientan motivados a participar de la misma forma. Para lograrlo, la mejor receta parece ser el fomento a la creatividad y no perder la ilusión del cambio, como lo señaló Miquel Martínez.

Los valores están a la vuelta de la esquina

Si de creatividad se trata, el seminario se encargó de motivar esa capacidad para tomar lo que siempre estuvo a la vuelta de la esquina como punto de partida. La encargada de provocar y entusiasmar fue la profesora María Rosa Buxarrais.

Los ejemplos suceden a diario en cualquier sala de clases: Un profesor militante que lleva los dilemas políticos a la sala de clases para discutirlos con los alumnos, pero que termina invitándolos a un mitin político. Un grupo de niños de primaria que descubren a través del juego teatral que es difícil defender una posición o argumento con la que no se está de acuerdo, como por ejemplo si es responsabilidad de todos los niños es recoger y ordenar lo más posible la sala de clases, para no dejarle toda la tarea a la señora de la limpieza. El juego de los roles (ponerse en el papel del otro), el planteamiento de dilemas éticos y morales, la comprensión de las razones que llevan a optar por una u otra posición valórica, son parte de la batería de herramientas con que el profesor puede trabajar en la práctica .

"El objetivo de llevar a cabo un proyecto de educación en valores es que niños y jóvenes hagan coherente lo que sienten, piensan y hacen. Y en ello juegan un rol preponderante las emociones, los sentimientos, o sea lo que marca el desarrollo moral de las personas", explicó María Rosa Buxarrais.

Como lo que está en juego es precisamente esa parte emocional, la profesora Buxarrais recalcó que cuando se trata de plantear situaciones muy controversiales, el profesor debe ser un mediador-facilitador. Esto significa que debe ayudar a coordinar y ordenar el debate y la discusión, ayudando a que los niños y jóvenes focalicen su atención en cómo van tomando opciones y preferencias, qué los lleva a pensar y opinar de tan diversas formas. Cuáles son las consecuencias de elegir entre un valor x o un valor y. Si bien el profesor o la profesora tienen derecho a tener su propia opinión del tema, ¿hasta qué punto es ético que la manifieste a sus alumnos? La conclusión de los participantes del seminario fue que allí se pone en riesgo el propio liderazgo de la figura del profesor, al punto de que no pensar que quizás la mayor consecuencia de decir lo que piensa, es simplemente "quebrar" al grupo del curso, tomar partido por unos y deslegitimar a los otros que no pensaban igual.

"Precisamente de lo que se trata es de -más que educar en unos valores determinados- crear en los alumnos la consciencia del ser autónomos en su forma de pensar, ser personas críticas, ser capaces de resolver conflictos a través del diálogo y acostumbrarlos a que la vida real está llena de contrariedades que uno tiene que aprender a asumir para poder vivir en sociedad. Si uno es tolerante o si tiene una actitud de tolerancia activa, es porque se la ha educado de una forma en que se ha dado cuenta de que no todo es tan fácil, donde para lograr lo que se desea no es necesario pisar a quien sea y llegar hasta donde sea", precisó María Rosa Buxarrais.

Pero ¿cómo se hace eso cuando la misma escuela está en un medio social en el que se viven a diario esas situaciones límites de marginalidad, violencia y degradación de la persona? "Ahí hay ciertamente un trabajo previo muy intenso antes de comenzar a aplicar cualquier programa de educación en valores. Es necesario hacer un diagnóstico de esa realidad y cómo se puede modificar si es que existe realmente la posibilidad de modificar algunos de los elementos de esa realidad. Si no es así, el plan o proyecto debe ser muy honesto al contexto en que se quiere aplicar y no pretender llegar a una finalidad tan optimista cuando a lo mejor lo que realmente se puede llegar a conseguir es mejorar el respeto que se tienen entre los alumnos y los niveles de diálogo. Ahí hay que buscar qué temas o intereses los motivan, les interesan, los mueven. Puede ser la música, el mundo de la expresión artística. Lo que los pueda sacar de esa realidad y llevarlos a darse cuenta que puede existir algo mejor", señaló la académica.

Padres y familia: la base de todo

Cada padre suele buscar con lupa, cuando es posible, el tipo de colegio o escuela en que va a poner a su hijo o hija, pero pareciera que está implícito que luego se deja a cargo de los profesores la formación valórica de los niños. Eso no exime a los padres de la responsabilidad conjunta que tienen en este proceso.

¿Qué terminará pensando un niño al ver que su madre o padre cada vez tienen menos tiempo para estar y conversar con ellos?, pregunta. Si muchos de estos padres ya acusan tener cada vez menos espacio para asistir a las reuniones de curso, o incluso a las actividades extraescolares que se hacen, se dificulta lo que la escuela pueda estar desarrollando a través de un proyecto educativo en valores. Lo mismo ocurre cuando, en la casa se practica lo contrario.

De ahí el doble desafío que tiene también quien a escogido la vocación docente: motivar e involucrar a mamás y papás de todos las condiciones sociales y culturales con los que se relacionen a través de su vida laboral.

Al respecto Miquel Martínez acotó: "Lo que sería óptimo es que hubiera una sintonía entre lo que son unos mínimos compartidos por toda la escuela. También podrían desarrollarse acciones conjuntas en las que además del debate que se produzca entre el profesorado a la hora de definir un proyecto educativo, los padres puedan conocerlo e involucrarse en su formulamiento. Lo que por cierto no es fácil, porque no estamos hablando de cada uno de los padres miembros sino que de sus representantes o delegados. Por tanto, creo que ahí es donde cabe un trabajo más directo del profesor del aula en las entrevistas y en las relaciones con los padres, con los que hay que avanzar en un nivel de diálogo en el que aparezca, junto a las cuestiones del rendimiento de los alumnos, el tema de los valores. Ese trabajo no está acabado, creo que apenas está iniciado tímidamente".

Los chicos puedan trasformar la familia

Al respecto María Rosa Buxarrais agregó que: "como mínimo la familia debería conocer y estar comprometida con sacar adelante también este proyecto educativo. Ayudar a sus hijos a tomar las mejores decisiones y no darles todo hecho. Cambios y decisiones que a veces no son tan fáciles para los padres, porque los hijos tienden a percibirlos por el lado del autoritarismo, de la imposición de valores que quieren hacer en relación a ellos. Lo importante es que escuela, profesores y padres se pongan de acuerdo en los valores de la educación. A veces, existe un poco de desánimo cuando un profesor percibe que lo trata de entregar rebota en el contexto familiar, por el tipo de situaciones conflictivas que se puedan dar ahí, pero debemos insistir en el aula de clase porque también resulta que finalmente son los chicos los que logran hacer el cambio en sus casas".

Este Seminario fue organizado por el Ministerio de Educación de Chile, la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación y la Organización de Estados Iberoamericanos.

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