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Servicio Informativo Iberoamericano
Octubre 1999 (1)

Ecuador

El Tesoro de Atahualpa y la Laguna Encantada

El accidente de un helicóptero en el que viajaban cuatro arqueólogos al sur de Ecuador reveló que buscaban el oro del emperador inca Atahualpa, que fuera escondido hace varios siglos en un sitio jamás revelado. Regresa El Fantasma De Rumiñahui.

Representación de la prisión de Atahualpa.

Fotografía tomada de la Revista 15 días.

Por Kintto Lucas, Corresponsal del Servicio Informativo Iberoamericano de la OEI, Quito, Ecuador.-

Corre el año 1535, Francisco Pizarro, el conquistador, llega al territorio incaico con su sed de oro. Atahualpa, el Inca, para salvar su vida ofrece llenar un cuarto con piezas del metal amarillo sin combatir a los invasores. Rumiñahui, el guerrero, se indigna con la actitud de su hermano y decide pelear. Antes previene: "Los extraños que han llegado no son ningunos Viracochas, son simples mortales y ladrones. Nos vienen a ofender. Se viene la sombra de la esclavitud. Si no luchamos, hemos de hundirnos en el duelo y la miseria". Pero su insistencia de combatir a los extranjeros en Cajamarca fue en vano, entonces decide marcharse hacia Quito donde se nombra Scyri y organiza la lucha.

Como si el tiempo no hubiera pasado, la historia vuelve, el accidente de un helicóptero en el que viajaban cuatro arqueólogos estadounidenses en una zona comprendida entre las provincias del Azuay y Cañar, al sur de Ecuador, revivió la leyenda. Más allá del accidente en sí, en el que por suerte nadie tuvo heridas de gravedad, la revelación de que los investigadores accidentados buscaban el oro del emperador inca Atahualpa, que fuera escondido hace varios siglos en un sitio jamás revelado, llamó la atención de los medios de comunicación.

Los científicos pertenecen a un grupo de 14 investigadores de la Asociación de Investigadores Marítimos de las Indias y del Instituto de Arqueología Náutica de la Universidad de Texas y la Fundación Widam que desde noviembre de 1998 viene realizando estudios sobre el famoso tesoro.

Los investigadores, viven desde mediados de 1998 en esa zona sureña de Sigsig, en las estribaciones de la Cordillera Oriental o de los Llanganates, donde se presume que el guerrero inca Rumiñahui, escondió el oro del Reino de Quito, que serviría de pago por el rescate de su hermano, el emperador Atahualpa, asesinado por los españoles en Cajamarca.

Una historia verosímil

Los arqueólogos creen que si bien hay un poco de leyenda en el hecho, hay elementos verosímiles y una posibilidad importante de que el oro esté en la zona de Sigsig, donde además están estudiando los vestigios antropológicos y arqueológicos.

El jefe de la misión, Michael Paret, señala que tras investigaciones realizadas en el Archivo de Indias de Sevilla, encontró la historia de Ayllón (Sigsig) y la ''laguna encantada", donde aparentemente podrían estar escondidos los utensillos de oro que iban a servir como rescate de Atahualpa.

Paret asegura que, de acuerdo con el estudio realizado en el Museo de Indias y con base en comparaciones de escritos sobre el tesoro, éste existe. ''Puede haberse creado una leyenda a su alrededor, como siempre ocurre con hechos históricos como éstos, pero el hecho ocurrió, por lo tanto el oro debe estar en alguna parte. Está comprobado que los escritos que aluden al rescate de Atahualpa son en un 90 por ciento verídicos''.

El primer paso de la investigación fue buscar evidencias de restos humanos de la época en el fondo del lago de Sigsig, pero mientras realizaban sus investigaciones fueron sorprendidos por un grupo de mineros que extraen el oro del lugar en forma artesanal, quienes quisieron expulsarlos porque creían que se trataba de mineros extranjeros. Eso obligó a la misión arqueológica a solicitar a las autoridades locales protección, y a contratar un helicóptero para que, terminada esa primera etapa, los evacuara del lugar sin tener que pasar por la zona minera. Sin embargo, sólo cuatro pudieron salir ya que en el segundo viaje, cuando viajaba de Sigsig a Gualaceo, el helicóptero se accidentó debido a una ráfaga de viento que lo desestabilizó y lo lanzó a las aguas de la denominada "laguna encantada". Los cuatro arqueólogos norteamericanos heridos lograron salvar la vida.

Para algunos habitantes de la zona el accidente habría sido provocado por el espíritu de Rumiñahui, que no quiere dejar que el secreto pueda ser descubierto. Rafaela Curuchumpi, una de las moradoras de la zona, cree que no se debe jugar con el fantasma de los antepasados porque pueden traer mala suerte. "Para qué buscar un tesoro que se lo llevó la laguna y seguramente está resguardado por los valerosos guerreros de Rumiñhaui. Esa ambición puede resultarles muy negativa", comentó.

El destino del Guerrero Inca

En 1933, dos años antes de que surgiera la historia del gran tesoro y la laguna encantada, cuando Pedro de Alvarado, conquistador de Guatemala, quiso llegar a Quito, tuvo que soportar la resistencia de los rebeldes. Atraído por las riquezas del Cuzco, llegó Alvarado a la costa de Manabí con siete embarcaciones, muchos caballos, soldados, cientos de indígenas guatemaltecos sometidos y algunos esclavos negros.

La marcha desde los pantanos tropicales hacia las nevadas montañas fue una derrota. En el camino se perdieron y fueron abandonados por los guías; los indígenas de Guatemala y los esclavos negros -desconocidos del frío- murieron congelados; y al fin Rumiñahui los echó a correr. Y caminó una voz por los caminos: "nadie vence al señor de Quito". Sebastián de Benalcázar, quien había fundado Guayaquil, fue el encargado de marchar con su ejército en busca del líder indígena. Antes envió un mensajero con una cruz y la oferta de amistad. Los rebeldes devolvieron su cadáver. En Cajamarca habían visto un símbolo de madera igual, en las manos de un tenebroso fraile que secundaba a Pizarro. Después Rumiñahui se preparó para recibir a Benalcázar. Reunió a su gente y le dijo: "Es preferible morir que aceptar la esclavitud de estos hombres que robarán tesoros, mujeres y tierras". Al hablar, un volcán parece salirle desde adentro, arde su voz, sonríe su corazón y vibran sus guerreros.

Benalcázar consigue una alianza con los indios cañaris para combatir a los rebeldes. El jefe indígena se adelanta y le sale al encuentro en las llanuras de Tiocajas. El lugar, favorable para el andar de los caballos españoles, no impide que los rebeldes anulen el poder del enemigo. Cada vez que matan un caballo le cortan la cabeza para mostrar que no son inmortales. La batalla va desde el mediodía hasta que la noche oscura obliga a suspenderla y continúa al día siguiente con la salida del sol. Las llanuras de Tiocajas estaban llenas de trampas para que los europeos y sus potros quedaran ensartados.

Un traidor avisa a Benalcázar el lugar y muestra un camino seguro para retirarse a Riobamba. Rumiñahui no se desanima y decide atacar la ciudad. En la hora del ataque el volcán Tungurahua entra en erupción. Muchos indígenas, aterrados, creyendo que se trataba de un mal augurio, huyeron bajo la lluvia ardiente. Los españoles no se cansaron de matar gente que corría indefensa. Rumiñahui se retira con sus soldados más fieles hacia Ambato. Luego se va a Quito, envía a lugar seguro a los más débiles y esconde los tesoros de Atahualpa. Al acercarse los invasores obstruye los canales que abastecen de agua la ciudad y le prenden fuego antes de retirarse. La cordillera es su último refugio. Hasta allá marcha Benalcázar a buscarlo. Tras la resistencia logra prenderlo. Durante la tortura, la pregunta se repite: "¿Dónde están los tesoros de Atahualpa?". Y la respuesta del indígena también se repite: "En un rincón de la montaña". Así los envía a un lugar donde nada hay. Así será durante algunos días. Las pistas falsas sirven para reposar un poco, antes del nuevo tormento. Los españoles se cansan de la burla y su ira se desenfrena. Benalcázar determina la justicia: muerte en la hoguera.

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