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Organización de Estados Iberoamericanos Para la Educación, la Ciencia y la Cultura |
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Informativo Iberoamericano Septiembre 1999 (2) |
España
A 400 años de su nacimiento
Las características de una momia encontrada en el subsuelo de la Plaza de Ramales coincidían con los restos del pintor español: había sido enterrado con manto capitular, espada, espuelas y lucía sobre el pecho la cruz de la Orden de Santiago, pero luego de comprobar que no correspondían a Velásquez se entiende que lo verdaderamente misterioso está en su pintura, como todavía hoy lo muestran sus cuadros.
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| Las Meninas ocupan
"el lugar sagrado" del Museo de El Prado. Fotografía Esther Fonseca-OEI. |
Por Esther Fonseca, Corresponsal del Servicio Informativo Iberoamericano de la OEI, Madrid, España.-
Una curiosa pesquisa arqueológica parece llevar al cada vez más famoso pintor español Diego Rodríguez de Silva y Velázquez al campo del fetichismo religioso y beatificarlo, después de que un grupo de expertos ha buscado "desesperadamente" lo que pudieron ser los restos del artista en la Plaza de Ramales de Madrid, donde existió hasta 1809 la Iglesia de San Juan, donde fue enterrado en 1660, aunque muchos estén tentados a suponer que aún no ha muerto, pues parece cada más presente y vivo entre nosotros.
La búsqueda de los restos de Velázquez involucró durante varios meses a historiadores y arqueólogos del Ministerio de Cultura y de la Comunidad de Madrid, quienes estaban determinados a resolver el gran "galimatías": comprobar, por una parte, en los archivos del Palacio Real un documento firmado por un secretario del rey entre 1808 y 1813, José I Bonaparte, que podía señalar con precisión dónde se encontraban los restos del pintor.
Se trataba de una Real Cédula firmada por el monarca que obligaba a la Iglesia a trasladar todos los cuerpos enterrados en los templos a cementerios del extrarradio, para evitar que los miles de osarios no provocasen epidemias. "Naturalmente", existía una excepción. Los restos de personaje ilustres debería ser trasladados a catedrales o iglesias magistrales. Sin embargo, Madrid no contaba con ningún templo de estas proporciones, por lo cual se dice que el corregidor de la Villa escribió una carta al secretario real para pedirle una solución, pero se desconoce lo que este último le respondió.
Por otra parte, meses antes, técnicos del Ministerio de Cultura, después de conocer que se había abierto el subsuelo de la Plaza de Ramales, sacaron a la luz que habían encontrado un cadáver momificado en el convento de San Plácido, muy cerca de la plaza en cuestión. Según los textos del siglo XVII, las características de la momia coincidían con las de Velázquez: había sido enterrado con manto capitular, espada, espuelas y lucía sobre el pecho la cruz de la Orden de Santiago. Agregaron además que entre el convento y Velázquez existía una relación, pues el famoso Cristo velazqueño fue un regalo de Felipe IV al cenobio.
Dadas las diversas líneas de investigación se acordó establecer una comisión de 13 expertos con miembros de la Comunidad de Madrid, del Ministerio de Cultura, del arzobispado y de las universidades y acordaron trasladar la momia a la Universidad Complutense para que profesores de antropología forense decidiesen la autenticidad de los restos.
Finalmente el periplo de la supuesta momia del afamado pintor finalizó con la confirmación de que no correspondía a Velázquez, después de ser objeto de radiografías, de haberle pasado un scáner y hasta de efectuarle pruebas de ADN y análisis de sus huellas digitales. Este hecho fue confirmado además con los resultados de la búsqueda en los archivos. El cadáver nunca llegó a ser trasladado del lugar en el que reposaba, ni antes ni después del derribo de la iglesia de San Juan Bautista.
Afortunadamente, para los amantes del arte la celebración de los 400 años del nacimiento del pintor, no se limitó a la sacralización de la supuesta momia de Velázquez y se pueden pasear por las 5 nuevas salas dedicadas a las 46 obras del artista, que el Museo del Prado de Madrid ha inaugurado para finalizar la reforma museográfica iniciada hace 3 años. Allí se podrán observar "Las Meninas", que según el director del Museo, Fernando Checa, ocupan "el lugar sagrado" del Prado, la Sala Basilical.
Una de las salas albergará algunas de las novedades: los cuadros que Velázquez pintó para el Salón de Reinos del palacio del Buen retiro. Otra sala está centrada en la producción de los últimos 15 años del pintor, mientras que los paisajes y temas religiosos completan otro de los espacios que el Prado ha dedicado a Velázquez.
También afortunadamente, la obra de Velázquez no ha permanecido en el misterio, aunque sólo comenzó a ser conocida en el siglo XIX, precisamente tras la creación del Museo del Prado en 1819 por Fernando VII, después de permanecer oculta entre los muros del Alcázar de los Austrias y luego en el Palacio Nuevo que los Borbones construyeron en el solar del que se había quemado en 1734, y así pasar de ser parte de las obras de la Colección Real al dominio público.
Gracias a la protección de Felipe IV durante 40 años, en una época en la cual los pintores dependían por completo de la Iglesia, Velázquez gozó de la libertad para no sólo plasmar la vida de la Corte Real, sino la de bufones, locos, enanos, personajes singulares que han caracterizado su obra además de hacer cotidianos los desnudos y las escenas mitológicas de los clásicos. Temática que atrajo la atención, según Alfonso E. Sánchez, uno de los expertos en su obra, y algunos pintores románticos "imitaron hasta la saciedad a esos tipos "velazqueños" en versiones casi caricaturescas del mundo y el ambiente que se veía en "Las Meninas" (bautizado así precisamente en este momento, cuando hasta entonces se había conocido como "La Familia" real) y volcando la atención sobre los sirvientes por encima de los protagonistas verdaderos".
Aunque los pintores de la época le acusaban de no saber terminar sus cuadros y de pintar cosas demasiados naturales, tanto que una dama de Aragón a quién había retratado el artista, no quiso aceptar la obra porque no había registrado la valona de puntas de Flandes muy finas que llevaba cuando posó para él. "Además, para colmo de males, no cuidaba el dibujo. Su colega en la corte, Carducho, consideraba que el dibujo era la esencia de la pintura. Pero Velázquez no dibujaba, no tenía ni siquiera una composición decidida al comenzar un cuadro. Prefería ir viendo cómo el mismo cuadro emergía, imponiendo su propia lógica. Los rayos X nos muestran los tanteos, los arrepentimientos, las veleidades del pintor", dice José Antonio Marina, uno de los estudiosos de la obra del artista.
Fue reconocido como el pintor de la realidad que supo reflejar su tiempo. Luego de permanecer oculta durante dos siglos, los artistas, críticos y coleccionistas de toda Europa reconocieron en la obra de Velázquez a uno de los precursores del arte moderno. Uno de ellos, Edouard Manet viajó a España para estudiar su obra. El francés quedó fascinado al ver sus cuadros, pues aquel pintor que había sido tan desconocido había descubiertos dos siglos atrás la pintura que él y sus amigos impresionistas habían estado buscando.
"Velázquez y los impresionistas no quieren que el espectador pase corriendo desde el cuadro a la realidad representada. Quieren que se quede en el cuadro enredado en la sutil y fascinante grafía de las pinceladas. Cada una de ellas nos trae un mensaje profundo y animoso de parte del artista: ¡Mirad con qué poco hago tanto! Velázquez pinta apresuradamente, a veces casi no llega a tapar el lienzo del todo. Los impresionistas también eran veloces. Monet se quejaba de que el paisaje cambiaba con demasiada rapidez, zarandeando por el travieso aire, raptado por los cambios de luz. Pintaba saltando de un lienzo a otro, consumido por su afán de apresar el instante. Como los estenógrafos, aprendió a transcribir la fugacidad. Velázquez fue abreviando su técnica, hasta hacer de las pinceladas una especie de taquigrafía pictórica", dice Juan Antonio Marina.
Desde entonces a las obras del Sevillano les han dedicado páginas enteras. De las Hilanderas lo seguidores del realismo extremo dijeron que se trataba de una especie de pintura social, una representación del trabajo y ahora se dice que son un relato de la mitología sacado de Ovidio en el cual, con elementos de su tiempo, quiso mostrar el castigo de la soberbia Aracne que desafiaba a Atenea. Pero la más completa interpretación se le ha dado a "Las Meninas": "La presencia-ausencia de los reyes, visibles en el espejo pero situados fuera del lienzo, donde el espectador se sitúa; la efigie de Velázquez, retratando lo que no se ve pero es fácil de imaginar, es decir, los Reyes dirigiéndose al espectador con interrogante mirada; la figura de la infanta Margarita, a la que todos se rinden, pero que miran también al espectador, es decir sus padres, que la contemplan a su vez, desde el espacio exterior al lienzo, es todo un sutil juego intelectual, un ingenioso "concepto", con evidentes implicaciones políticas, aún no definitivamente resueltas, que sitúan al pintor en el vértice mismo de la interpretación de la monarquía y su continuidad", explica Alfonso E. Sánchez.
Entre tanto, los críticos y especialistas en pintura continuarán sus estudios que buscarán aportar nuevos datos sobre la técnica, los aventurados y geniales experimentos del artista, hasta las más profundas motivaciones personales que dirigieron su hábil mano, para llevarle a plasmar esa realidad que lo rodeaba. Los fetichistas seguirán intentando encontrar los restos del pintor y llevar al símbolo a la máxima expresión, la beatificación y posible la construcción de una capilla para "San Diego de la Paleta" como curiosamente la ha ya bautizado Jonathan Brown uno de los expertos en la obra Velazqueña. Pero al margen de todo ello, los simples mortales cuentan con la oferta diaria del Museo del Prado, donde le esperan, para la sencilla contemplación y recreación visual, los cuadros en los que descansan el legado y la reputación del genial sevillano.
OEI
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