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Servicio Informativo Iberoamericano
Abril 1999 (2)

Ecuador

El fantasma del grafiti recorre Quito

Dejemos hablar al viento


Los propietarios de los muros grafitados, antes que agredidos, deben sentirse sorprendidos por algo inusual.

Por Kintto Lucas, corresponsal del Servicio Informativo Iberoamericano de la OEI, Quito, Ecuador.

El genial escritor uruguayo, Juan Carlos Onetti, dijo cierta vez:: "dejemos hablar al viento". Tal vez, de eso se trata cuando recorremos las calles de algunas ciudades latinoamericanas y nos encontramos con cientos de muros que nos hablan a través de sus grafitis; cientos de muros que convocan a los sueños y a la realidad con frases que llaman al ingenio y a la creatividad.

Si bien la fascinación por dejar la impronta en la piedra es tan vieja como el hombre, tal vez el antecedente más inmediato de lo que cuentan las paredes de hoy esté en aquellos grafitis que invadieron París en mayo de 1968.

El sociólogo Alejandro Moreano, un estudioso del tema, señala que "El grafiti surge como un intento de escapar a la tiranía del monopolio de lo público por parte del poder. De hecho, la leyenda en las paredes ha sido el medio de expresión de todas aquellas fuerzas perseguidas, marginales y clandestinas. Sociedades secretas y grupos de conjurados convirtieron las paredes en escenario de difusión de sus ideas o de convocatorias a la acción pública".

Eugenio Espejo, a quien se le atribuyen las leyendas libertarias que aparecieron en las paredes de Quito años antes de la Independencia, fue uno de esos conspiradores que comunicó sus ideales a través de los muros.

Pero, volviendo al presente, Moreano dice que "El origen real del grafiti moderno debe verse en la separación de lo público (lugar de la historia y del poder) y lo privado (espacio de la intimidad y de la vida cotidiana). Frases como "Cuando encontré las respuestas me cambiaron las preguntas" o "Marx ha muerto, Dios también y yo estoy enfermo", evidencian ese fenómeno que en los últimos años cambió la piel y el rostro de Quito".

Para Moreano, el grafiti es la expresión de la capacidad de cuestionar el orden desde la intimidad -el amor, la ternura, la ira, la ironía, la alegría el impulso lúdico, el eros- y de la persistencia de la subjetividad a conquistar los espacios públicos. Se inscribe así en una nueva relación de la intimidad con la historia que empieza a surgir en América Latina.

El rostro de la ciudad

El grafiti también nos muestra el rostro de una ciudad, o la visión que tienen de ese rostro sus habitantes. La urbe, con sus fantasmas y neurosis, es el fundamento del grafiti moderno y, a la vez, uno de los temas obsesivos de los grafiteros. Entonces, cuando caminamos por Quito, podemos leer: "Recordada ciudad. ¿Cómo te llamabas?" o "Ciudad estampida. Ciudad sin salida". Moreano dice que "estos grafitis son quizás los que mejor expresan ese conflicto de una ciudad odiada y amada a la vez, una ciudad de la que se quiere huir pero atrapa en la fascinación de sus redes".

La inventiva de los grafiteros quiteños también nos prepara otros decires llenos de creatividad. Una creatividad que nos muestra el estado de ánimo de la capital ecuatoriana, sus puntos de encuentro y desencuentro. Y, la mayoría de las veces, esa visión viene cargada de sarcasmo, de humor negro y rebeldía, como cuando leemos "La imaginación al poder" o "No nos privatizarán los sueños. Seguiremos soñando en plural" o "Vivimos la resaca de una orgía en la que no participamos" o "No me des consejos, prefiero equivocarme solo" o "Si no tienes nada mejor que el silencio quédate callado" o "Pensándolo bien, no pienso tan mal" o "Edipo te perdono, vuelve a casa. F: Mamá. Sobre mi cadáver. F: Papá" o "Sonia, estoy solo, contágiame algo", o "Solo, pero contento, haciendo desdichados: Dios".

Una historia de garabatos

La palabra grafiti viene del italiano "grafito", cuyo plural es grafiti, por lo cual, la expresión grafitis, utilizada por todos, sería incorrecta. La expresión fue adoptada por los arqueólogos para designar un tipo de escritos, dibujos y marcas hallados en construcciones antiguas. Estas marcas, rayadas con un instrumento punzante sobre la piedra, o más raramente trazadas con una tiza roja o carbón, fueron encontradas en gran cantidad sobre monumentos del antiguo Egipto y en las paredes de Roma y Pompeya. A los arqueólogos les sirven para determinar la antigüedad del edificio donde aparecieron escritos; a los lingüistas para saber del habla de la época y a los historiadores les informan sobre la vida cotidiana de esa época, les detallan sobre costumbres e instituciones. La mejor traducción de grafiti al castellano es la de garabato. El grafiti considerado más célebre fue hallado en Roma en 1857 y se conserva en el Colegio Romano, se presume que representa una caricatura de Cristo sobre la cruz. En Pompeya, los grafitis fueron abundantes en el Teatro y la Basílica.

En la época del Imperio Romano, los propietarios de las casas donde se escribían grafitis se quejaban de que estos arruinaban las paredes. En Roma, por ejemplo, cerca de la Porta Portuensis, se encontró una inscripción de la época que rogaba no escribir sobre los muros. En la actualidad se mantiene el reclamo, tal vez, por eso, en Quito apareció un grafiti que dice: "Si esta pared es el límite de su propiedad... Déjenos decorar sus limitaciones". Sobre esto, el fallecido periodista uruguayo Hugo Alfaro escribió hace algunos años: "yo estaría dispuesto a cambiar la pulcritud de ciertos muros por invenciones geniales como la de aquel grafiti que dice: "Vamos por partes. Jack el Destripador". Por su parte, Pepi, una de las grafiteras más conocidas de Montevideo, decía en una entrevista: "Creo que los propietarios de los muros grafitados, antes que agredidos, deben sentirse sorprendidos por algo inusual. Es lo mismo que si le dejaras un elefante en la puerta de la casa".

En la actualidad, el grafiti es una forma típica de comunicación en las ciudades de América Latina, como una partecita de su identidad. A veces desaparece por un tiempo, pero siempre está ahí, esperando el momento preciso para llamar la atención del transeúnte. OEI.

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