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Servicio Informativo Iberoamericano
Marzo 1999

Perú

La escultura en piedra de Huamanga

A lo largo de cuatro siglos, escultores y talladores trabajan una piedra de color marfil que se encuentra en las vetas de alabasto de las canteras cercanas a la ciudad de Huamanga, en el departamento de Ayacucho (sudeste peruano), con la cual se ha forjado una de las tradiciones artesanales más representativas del Perú.


 Nótese la perfección en el manejo del color de los escultores de Piedra de Huamanga en esta pieza que data del siglo XIX.

Por Claudia Bayona, Corresponsal del Servicio Informativo Iberoamericano de la OEI. Lima, Perú.

Desde inicios de la Conquista, la piedra de alabasto ha sido utilizada como materia prima y medio de expresión del hombre andino para esculpir pequeñas esculturas de gran perfección que, de una u otra forma, representan la historia de las artes visuales del mundo andino.

Aunque existen canteras de alabasto en diversas regiones del Perú, es en Huamanga donde se desarrolló desde muy temprano una escuela escultórica que supo aprovechar las cualidades del material, de ahí que se acuñara el nombre de Piedra de Huamanga. En Cuzco y en el Altiplano, por ejemplo, a esta piedra se le llamó "Belenguela" y fue usada para la elaboración de piezas utilitarias, morteros o cruces de cemento. Otra variedad es conocida como "Piedra de Lago" y se encuentra en Puno, cerca del lago Titicaca.

No existen documentos ni evidencias arqueológicas que den cuenta del uso del alabasto en la época precolombina. A pesar de que Ayacucho fue centro de la cultura Wari, no se han encontrado antecedentes de esta tradición, por lo que se considera que su uso, como materia prima para la elaboración de pequeñas esculturas, se produce recién después de la Conquista, durante la influencia de los talladores europeos que descubrieron sus virtudes y enseñaron el arte en Ayacucho.

La primera noticia conocida sobre el uso de los yacimientos data de 1586. Inicialmente, el alabasto fue aprovechado en labores decorativas relacionadas con la arquitectura, en portadas, pilares, columnas y capiteles elaboradas por indígenas que decoraban las piezas con motivos incas como el puma o la serpiente.

El desarrollo de la pequeña escultura

El origen del uso de este material en la pequeña escultura, género claramente diferenciado del arte colonial, se remonta al siglo XVII. Inicialmente se labraron motivos religiosos que servían a la Iglesia para difundir la evangelización en San Juan de la Frontera de Huamanga (antiguo nombre de Ayacucho), y eran docenas los talladores que lograban a fuerza de creatividad y paciencia una bien ganada fama. La pieza más antigua encontrada hasta la fecha corresponde a la primera mitad de este siglo y representa un Cristo acompañado de un grupo de santos.

Sus usos han variado con el tiempo; lo religioso dio paso a lo decorativo de la cultura profana que acompañó el surgimiento de la burguesía criolla e ilustrada en la época de la Independencia. Luego, entrado el siglo XIX, esta técnica escultórica se difundió entre la clientela rural y campesina. Finalmente, en el siglo XX, la Piedra de Huamanga comienza a complementar el desarrollo del mercado artesanal, como souvenir para el turismo.

Decadencia y subvaloración

Los escultores de la piedra de Huamanga siguieron hasta fines del siglo XIX los patrones escultóricos de los europeos con cierta rigurosidad. Aunque los motivos pueden ser distintos, las tallas reproducen los gustos y las preocupaciones de los artistas occidentales. A partir del momento en que este arte es sólo demandado por los ayacuchanos, comienzan a aparecer imágenes vinculadas a la cultura y costumbres propias del lugar.

Durante todo este tiempo, siglos XVII, XVIII y parte del XIX, la talla de Huamanga logró mantener su vigencia como práctica escultórica de prestigio. Sin embargo, a mediados del siglo XIX, debido a que se empieza a definir en el país una jerarquía artística distinta, las esculturas empiezan a ocupar un lugar incierto. Para algunos siguen siendo consideradas como arte, mientras otros las valoran sólo como artesanía.

A partir de entonces, el lugar privilegiado que ocupaba la Piedra de Huamanga para la escultura ornamental de espacios públicos es reemplazado por otros materiales como el mármol y el bronce importados que gozaban de mayor prestancia que los materiales locales.

Como los artesanos de estas esculturas no pertenecían a escuelas artísticas, sus estilos se movían por impulsos y por las modas que imponían los tiempos, es así como la Piedra de Huamanga deja de ser valorada por el arte culto y empieza a ser parte de la expresión del mundo rural y campesino.

El empobrecimiento de Arequipa, acentuado durante la segunda mitad del siglo XIX, determinó el aislamiento total de la escultura en Piedra de Huamanga. Su producción empezó a limitarse a espacios locales debido a la ausencia de rutas de comercio, lo cual le impedía competir con objetos de manufactura masiva.

Perdida la fama y el mercado, muchos de los artesanos ayacuchanos decidieron cambiar de oficio, otros emigraron a Lima, y los que quedaron, además de continuar en la talla, encontraron otras vías para renovar su actividad, es el caso de las lápidas mortuorias que competían con las de mármol.

Valoración y coleccionismo

A partir de la segunda década del siglo XX, se inicia un proceso de revalorización del arte andino, en el que la Piedra de Huamanga no ocupa lugar alguno.

José María Arguedas, principal defensor del indigenismo peruano, aunque calificó a esta escultura como arte popular, en 1958 manifestó que sus temas eran "por entero ajenos a lo indígena peruano". José Sabogal, apenas le dedicó unas pocas líneas en sus textos que cubrían un amplio aspecto del arte andino, desde la época precolombina hasta la artesanía contemporánea. Para estos dos estudiosos, la Piedra de Huamanga aparecía como un arte señorial importado y, por ello, ajeno a la realidad nacional.

La Huamanga tampoco figura en los estudios sobre escultura colonial, escrito por Harold Wethey en 1949, por considerarla como un arte menor, no comparable con la escultura monumental.

Es sólo a fines de la década de los 60, cuando cobra fuerza la idea de incluir la talla de Huamanga dentro de la categoría del arte popular. En su recuperación es pionera la ensayista Mercedes Gallagher de Parks, quien llegó a conformar una impresionante colección de piezas y escribió el primer estudio dedicado íntegramente a esta tradición escultórica.

Este interés fue continuado por su hijo Jaime Bayly Gallagher, quien además de incrementar la colección de su madre, publica en 1967 un ensayo titulado "La talla popular de Piedra de Huamanga". A partir de entonces se afianza esta nueva percepción que ubica a la talla como uno de los grandes exponentes del arte popular peruano. OEI.

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