Los temores del milenio

El cambio de fecha el primero de enero del 2000 no sólo se ha convertido en el juicio final de la era moderna, sino que ha costado mucho dinero. Sólo en Estados Unidos se han gastado más de 3.900 millones de dólares. En el mundo entero la cifra se aproxima a los 600.000 millones de dólares.


I
Hace mil años se esperaba el Juicio Final. Hoy el temor es más terrenal a causa de posibles fallas en la tecnología.
Fotografía de "El Juicio Final", dela parte central del tríptico de El Bosco.

Por Gustavo Laborde, Corresponsal del Servicio Informativo Iberoamericano de la OEI, Montevideo, Uruguay.-

Al igual que el resto de los occidentales, los uruguayos se aprestan a celebrar la llegada del año 2000. La inmensa mayoría desatiende los argumentos matemáticos que postulan que el próximo 31 de diciembre, en realidad, marca la llegada del último año del segundo milenio y no la llegada del primer año del tercero. Pero como es sabido, la emoción no repara en exactitudes numéricas y todos, en mayor o menor medida, cargan a este fin de año de un singular contenido simbólico. No cabe duda que las cifras redondas son más convincentes que las otras y que el 2000 suena más elocuente que el 2001, pese a que esta fecha quedó inmortalizada por una memorable película de Stanley Kubrick que, precisamente en ese año, cumplirá 30 de filmada.

Los que participan de la opinión de que el fin de milenio se debe celebrar recién dentro de un año tienen de su lado sólidos argumentos aritméticos. La forma más clara de visualizar este entuerto es pensar en el cumpleaños de una persona que nació, por ejemplo, el primero de enero de 1990. Esta persona no cumplió un año sino hasta el 1 de enero de 1991, es decir 365 días después de su nacimiento. El 1 de enero del año 2000 cumplirá, es cierto, 10 años, pero esa edad la seguirá teniendo durante todo un año. El 1 de enero del 2001 cumplirá 11 años, pero será recién entonces cuando pueda despedirse de su

primer década de vida porque será recién ahí cuando la haya completado.

Si se traslada este ejemplo a la era occidental es fácil darse cuenta que es necesario que transcurran los 365 días del año para dar por terminado el ciclo. El próximo primero de enero marca el inicio del último año del milenio, pero aún falta que él transcurra para que termine el siglo.

Hace mil años la parte occidental de la humanidad también se devanaba los sesos con cálculos en torno al cambio de siglo. Los hombres y las mujeres medievales, que ordenaban sus vidas en función del Dios de la Biblia, estaban aterradas ante el fin del mundo y el advenimiento del Juicio Final.

Es lícito preguntarse por qué los inquietaba la cifra 1000: en el fondo es una arbitrariedad como cualquier otra cifra. Según se sabe, el temor milenarista encuentra su raíz en pasajes de dos libros apocalípticos de la Biblia, el de Daniel, perteneciente al Antiguo Testamento y el del Apocalipsis, incluido en el Nuevo Testamento. En el Nuevo se lee, en San Juan, este fragmento: "Vi un ángel que descendía del cielo. Cogió a Satanás y lo encadenó por mil años. (...) Cuando se hubieran acabado los mil años, será Satanás soltado de su prisión y saldrá a extraviar las naciones que moran en los cuatro ángulos de la tierra". El caos que estos insucesos desatarían no tendrían otro desenlace que el Juicio Final.

Por aquellos años los hombres de la Edad Media se debatían entre el temor y la fe. La extinción del mundo tendría como ceremonia el Juicio Final donde todos iban a comparecer ante la autoridad divina: algunos, seguramente la mayoría, serían condenados a los fuegos del Averno; pero otros se sentarían al lado del Señor y disfrutarían de la paz del Paraíso. Claro que los textos bíblicos tienen pasajes crípticos que dan lugar a la confusión. Tampoco en aquella época los números proporcionaban certezas. La pregunta clave era si el fin del mundo ocurría en el año 1000, diez siglos después de la llegada de Jesús a la Tierra o en el 1033, mil años después de la partida del hijo de Dios. Conviene saber que la liturgia cristiana de aquella época ponía más énfasis en este último hecho que en el primero y las pascuas merecían una celebración más importante que el 25 de diciembre. El temor, entonces, se dilataba pero no se apagaba.

Mil años después del año mil tenemos la certeza que el fin del mundo no tuvo lugar, pero nuestros temores milenaristas no se han extinguido por completo. Si hace mil años el temor estaba fundado en una superstición, ahora parte de la tecnología. De un extremo a otro los hombres no dejan de asustarse. En este momento hay cientos de recomendaciones de distintos organismos nacionales e internacionales para que el cambio de fecha no lo tome a uno de desprevenido. Los consejos van de lo más práctico a lo más incontrolable, como no dejar depósitos en los cajeros automáticos el 1 de enero del 2000, por ejemplo.

En Uruguay, un país al que se lo ha evaluado como "medianamente preparado" ya se han dado las previsiones y ahuyentado los temores. Las autoridades aseguran que todo el país va a funcionar correctamente porque las precauciones correspondientes para evitar la ya famosa falla del 2000 fueron tomadas a tiempo. La empresa telefónica (Antel), la de energía eléctrica (Ute) y la de agua potable (Ose) aseguran que tienen todo previsto. Cierto anacronismo, propio de los países del tercer mundo, también ha ayudado a Uruguay. Un ejemplo de esto se da en la generación de energía eléctrica. La principal represa del país es de principios de los 70, anterior a la invención de los chips.

Y todo este lío viene, precisamente, por los famosos chips, unas piezas tan pequeñas como fundamentales en los ordenadores y otros circuitos. En la década de 1970 los programadores decidieron ahorrar espacio en los chips por lo que las fechas sólo se marcaban con dos dígitos. En lugar de marcar 10/11/1985, sólo se marcaba 10/11/85, con lo que se ahorraban dos dígitos de memoria. Pero ahora, con el advenimiento del 2000 las computadoras leerán sólo 00 y pueden interpretar que se trata del 1900 y no del 2000. Eso es lo que puede hacer fallar los ordenadores que, en la actualidad, controlan desde un aeropuerto al sistema de suspensión de los coches, pasando por los teléfonos celulares y las cajas registradoras de los supermercado. Este problema en los dígitos tendrá cuatro fechas especialmente complicadas. El 31/12/99, ya que es el máximo valor para una fecha numérica, que se usa como fin de la acción en muchos programas. La otra sucede un día después: 1/01/00. El doble cero puede ser entendido como si se tratase de 1900 y no del 2000. El otro es el 29 de febrero. Se trata de un año bisiesto y de una fecha que muchos programas pueden no tener en cuenta. La otra fecha clave es el 10/10/00. Es la primera fecha de ocho dígitos del 2000. Estos problemas pueden suscitarse incluso en softwares creados recientemente, como el mismísimo Windows 95.

En la actualidad hay más de 2.500 lenguajes de programación diferentes que se ejecutan desde miles de plataformas físicas distintas que a la vez controlan cientos de sistemas operativos. Los especialistas señalan que aún hay más de 180.000 sistemas de softwares por revisar. Al parecer se necesitarían más de 300.000 programadores para revisar todo este caudal informático. En pocas palabras, no hay ni tiempo ni recursos humanos suficientes para hacerlo. Pero esto aún no es lo peor. Existen más de 12.000 millones de chips de hardware incorporados a diferentes circuitos, de las más variadas aplicaciones, en todo el mundo que resultan imposibles de controlar. Al menos el 10% de ellos son sensibles al cambio de fecha.

El cambio de fecha no sólo se ha convertido en el juicio final de la era moderna, sino que ha costado mucho dinero. Sólo en Estados Unidos se estima que se ha gastado más de 3.900 millones de dólares, según cifras oficiales, aunque todos creen que en realidad la erogación trepa, al menos, al doble. En el mundo entero la cifra se aproxima a los 600.000 millones de dólares. En Uruguay se han invertido 360 millones de dólares para evitar que se presenten inconvenientes. El estado invirtió 120 y el sector privado los otros casi 240 millones. Es una cifra importante en el nivel local, pero insignificante comparada con la desembolsada por otros países de la región. En Brasil se destinaron 4.000 millones y en países como Argentina, Colombia y Venezuela gastaron entre 1.500 y 2.000 millones.

En Uruguay, pese a los buenos augurios oficiales el 62% de los montevideanos creen que habrá fallas en los servicios, en especial en el sector financiero, según una encuesta publicada en un diario uruguayo. Pero sólo el 4% cree que estos problemas serán graves, mientras que el 57% confía en que no serán demasiado relevantes. Pero, más allá del cambio de dígitos, hay otro problema: el temor que se ha instalado en la gente. Puede que ninguna computadora falle, pero el miedo puede llegar a generar cierto pánico.

OEI

[Página Inicial]