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Se
dice que el poeta épico y su descendiente: el novelista
cuentan sucesos ajenos e inventan personajes mientras que el poeta lírico
habla en nombre propio. No es así: el poeta lírico se
inventa a sí mismo por obra de sus poemas. En no pocos casos ese «sí
mismo» está compuesto por una pluralidad de voces y de
personas. Como todos los hombres, el poeta es un ser plural; desde nuestro
nacimiento hasta nuestra muerte, vivimos en diálogo o en
disputa con los desconocidos que nos habitan. La verdadera biografía
de un poeta no está en los sucesos de su vida sino en sus poemas.
Los sucesos son la materia prima, el material bruto; lo que leemos es un
poema, una recreación (a veces una negación) de ésta
o de aquella experiencia. El poeta no es nunca idéntico a la
persona que escribe: al escribir, se escribe, se inventa.
Sin embargo, a estas palabras del propio Paz se oponen hasta cierto punto las de uno de sus muchos amigos españoles, el académico Torcuato Luca de Tena: Siempre me ha confundido y hasta irritado cuando se habla del poeta Octavio Paz, porque se me antoja que quienes así lo encasillan toman la parte por el todo; y, en consecuencia, lo minimizan, lo reducen a una sola porción de su vastedad.
0ctavio Paz nació el 31 de marzo de 1914 en Mixcoac, pequeña localidad que hoy forma parte del D.F.. Hijo de un criollo adepto a la causa zapatista que su hijo heredó y de una andaluza de El Puerto de Santa María. Durante los años posteriores a la Revolución se dedicó al periodismo literario en Barandal, revista aparecida entre 1931 y 1932, cuando estudiaba Derecho, y en Cuadernos del Valle de México, publicados entre 1933 y 1934.
Los primeros poemas, Luna silvestre (1933) no mostraron la transformación que se produciría en él a partir de 1937, cuando comenzó a dar clases en una escuela de Yucatán donde se dio cuenta de los problemas sociales y culturales de sus habitantes, que le inspiraron su poema Entre la piedra y la flor. Más tarde esa experiencia, unida a su interés por el mundo indígena y por las civilizaciones prehispánicas, lo llevarían en 1950 a escribir su Laberinto de la soledad. La otra transformación se produjo con motivo de su viaje a España, también en 1937, en plena guerra civil, a donde fue invitado por intermedio quizá de Pablo Neruda (quien había leído su Raíz del hombre) y de Rafael Alberti, al que había conocido en México, a asistir al II Congreso de Intelectuales Antifascistas. Con ese motivo y por sentirse identificado con el bando republicano, quiso participar activamente en la contienda, pero en su lugar tuvo la fortuna de conocer a los más destacados intelectuales de esa época. Entre aquel año y 1942 publica ¡No pasarán!, y A la orilla del mundo, además de los ya mencionados. Por la influencia de Eliot comienza a superar el conflicto existente entre la poesía por la poesía y la poesía comprometida. Viaja luego a Estados Unidos, donde recibe influencia de la lírica anglosajona, y a Francia, como diplomático de su país, cuando París se había convertido en la meca cultural de la postguerra, donde escribió Libertad bajo palabra y sus prosas poéticas ¿Águila o sol?. Tras su estancia en oriente, también como diplomático, regresa a México y publica El arco y la lira (1956), que luego completará con Los hijos del grimo (1974) y La otra voz (1990). Previamente, en 1958, culmina La estación violenta, que incluye uno de los mejores poemas de nuestro siglo: Piedra de sol y estrena su única obra de teatro: La hija de Rapaccini.
Su otra gran etapa es la de la India, en la que el autor trata de asimilar las enormes diferencias que existen entre esa civilización y la occidental, y en la que publica otros dos poemarios fundamentales: Salamandra (1962) y Ladera este (1968). Regresa luego a México definitivamente, pero sigue publicando poemarios: Vuelta (1976), Árbol adentro (1987); ensayos: Inmediaciones (1979), Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe (1982), Vislumbres de la India (1994) y muchos otros antes y después, que harían interminable la lista.
Entre los premios, obtuvo el Cervantes de Literatura (1981), el de la Paz, que conceden los libreros alemanes (1984), el Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades (1995) y, fundamentalmente, el Nobel de Literatura (1991).
Octavio Paz murió en México, D.F., el 20 de abril de 1998, tras padecer una larga enfermedad.
(de Días hábiles)
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